Lecciones del fútbol

Entre el fútbol y las elecciones, la semana anterior nos regaló una importante lección acerca del valor del triunfo y de la derrota. De la capacidad que tienen el dolor o la alegría para conectar.

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La semana anterior nos trajo unas lecciones muy interesantes.

Primero, la jornada electoral, que fue el punto álgido de una intensa y dolorosa campaña que dividió y confrontó. Al final de la jornada, la derrota de unos y la victoria de otros marcó el tono que dejó un sinsabor.

Luego, apenas un par de días después, nuestra selección perdió en su primer partido del mundial de fútbol. Una jugada inesperada a los pocos minutos prácticamente sentenció el resultado final.

Paradójicamente, en este caso, la derrota nos unió. A todos nos dolió ese marcador, la expulsión de Sánchez, el penalty. Fueron sentimientos de tristeza, de rabia, de impotencia, de desespero.

La medicina fue el silencio, el abrazo con el amigo, las conversaciones explicativas, cualquier caricia era buena para mitigar el dolor.

Y, de nuevo por cuenta de la selección, unos días después nos regalaron una victoria. Pero qué victoria! Jugaron como equipo, se lucieron las individualidades, derrocharon alegría y entusiasmo. Sabían a lo que iban y sabían bien lo que hacían. 

En esta oportunidad, nos unió la victoria. Fuimos uno con ese grupo de muchachos y ese veterano entrenador que no cansa de sorprender. Nos conectó la alegría, la esperanza, la confianza, el propósito común, la fe.

La derrota y la victoria pueden dividir y separar. Y pueden contribuir a profundizar las heridas de esta sociedad. Pero también pueden ser el camino para trascender.

Si podemos, por un instante, sentir el dolor, la rabia, la impotencia, la tristeza del otro y a la vez ser conscientes de la medicina que alivia, de ese silencio, ese abrazo, esa conversación amorosa para acompañar al otro, podremos quizá encontrar un camino adelante.

Tenemos claro lo que duele la derrota y también lo senadora que puede ser la victoria cuando todos ganan. El dolor nos conecta.

¿Vale la pena?

Lo más difícil no es quién gane las elecciones del domingo. Lo más difícil es lo que sigue: ¿Cómo vamos a vivir el triunfo y la derrota? Son tantos los distanciamientos que ha generado esta temporada electoral que como país bien podemos decir que retrocedimos en eso de ser paz. ¿Vale la pena entregar la paz de cada cual ello, lastimar las relaciones y dañar la confianza en el nombre de otros y sus banderas?

A la postre, lo más difícil no es quién gane las elecciones del domingo. Lo más difícil es lo que sigue:

¿Cómo vamos a vivir el triunfo y la derrota?

Porque se acaba el tiempo de campañas, vídeos, debates, de conversaciones tranquilas y de intensas y acaloradas discusiones. Y así, de un día para otro las cosas volverán a su curso. Y el hincha del otro candidato volverá a ser el colega, el pariente, el amigo, el vecino.

El reto será vivir la victoria con humildad para mostrar con actos que efectivamente ese era el candidato de la paz y de un país mejor. Y vivir la derrota con dignidad y ecuanimidad para mostrar que sus apuestas por un país en paz no eran sólo retórica.

Porque son tantos los distanciamientos que ha generado esta temporada electoral, tantas las relaciones resquebrajadas o rotas, las ofensas aireadas y la rabia asoleada que como país bien podemos decir que retrocedimos en eso de ser paz.

Y todo en el nombre de unas personas que la mayoría ni siquiera conocemos de manera directa y de unas banderas que parecieran más los símbolos de unos hinchas.

¿Vale la pena entregar la paz de cada cual a ello o lastimar las relaciones y dañar la confianza en el nombre de otros y sus banderas?

¿Será que es tiempo de cada cual se haga directo responsable de su felicidad y dejemos de esperar que alguien venga a hacerlo por nosotros?

Ay madre

Detrás de las ideas que separan se esconden heridas profundas de las que uno mismo ni siquiera es consciente. Este texto nace de una exploración al interior en búsqueda de comprender por qué el dolor ante aquello que nos separa. Ay madre, cuanto dolor. Cuanto dolieron sus partidas y qué poco tiempo nos regaló la vida para entregarnos a un abrazo…

Ay madre, cuánto dolor.

Cuanto dolieron sus partidas y qué poco tiempo nos regaló la vida para entregarnos a un abrazo y a navegar por el mar de lágrimas que habitaba nuestros corazones.

Ay madre, cuánto dolor.

Nunca es tarde para hacer un alto y regalarnos ese abrazo y dejar que la ternura nos acoja.

Para perdonarnos tanta rabia.

Para perdonar su partida intempestiva, sin un adios.

Para perdonarnos a nosotros mismos.

Para que me perdones la arrogancia con la que cerqué mi dolor.

Ay madre, cuánto te agradezco la vida y la fuerza que sembraste con tu ejemplo en mi corazón.

Fracturas

Esta contienda política ha puesto en evidencia viejas heridas y está sembrando unas nuevas. Miedos, prejuicios, señalamientos florecen de lado y lado en el nombre de unos candidatos que la mayoría ni conoce personalmente. Son fracturas profundas de los núcleos familiares por cuenta de los intereses de poder de otros.

Los resultados electorales de la primera vuelta nos dejaron en el peor de los escenarios: tener que elegir entre los extremos. Había opciones de centro pero no clasificaron.

Los memes, textos, vídeos y comentarios circulan por las redes sociales. Por lo general los de cada bando fluyen entre los amigos del candidato respectivo. Son pocos los que se atreven a reenviar el mensaje al otro lado, a la trincheras del frente.

Claro, de cuando en cuando se encuentran avanzadas de frentes opuestos. En unos pocos casos el asunto no pasa de un corto y cordial intercambio de opiniones. Algo así como una rápida conversación sobre el clima. Las más de las veces los encuentros se traducen en intensas discusiones que no pocas veces pasan al cambio de tono, el uso de adjetivos descalificadores y al uso de MAYÚSCULAS, como diciendo:te estoy hablando fuerte, incluso gritando.

Pero lo que más abunda son los cruces entre los de la misma trinchera. Así, los espacios comunes, como la sala, el comedor, el grupo de Whatsapp son espacios que se evitan o en los cuales se puede hablar de todo menos de política.

No falta quien tímidamente se atreve a lanzar algún comentario o un chiste ligero que recibe una carita feliz por parte de un fan de la misma trinchera y un silencio monumental por parte del resto.

Esta contienda ha puesto en evidencia viejas heridas y está sembrando unas nuevas. Miedos, prejuicios, señalamientos florecen de lado y lado en el nombre de unos candidatos que la mayoría ni conoce personalmente. Son fracturas profundas de los núcleos familiares por cuenta de los intereses de poder de otros.

En unos días se sabrá el resultado de la votación. Pero por delante nos quedará la difícil tarea de reconstruir la confianza, de restablecer las conversaciones y los afectos como primer y más fundamental ingrediente.

Es un costo muy alto para un país tan aporreado.

Pienso que no vale la pena, que el amor debe ir por delante. Me duele la patria.