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Ya soplan de nuevo los vientos electorales. Aspirantes no sobran y los hay de todos los tonos. En principio he decidido pasarme al 70% de los que se abstienen. Consideraría la posibilidad de cambiar si alguno los candidatos adhiere de manera transparente y contundente a lo que denomino el Punto Cero:

Toda forma de vida es sagrada.

Si en esto no hay acuerdo, todo lo demás es puro maquillaje.

No quiero seguir siendo cómplice de estas políticas que arruinan rios, selvas, páramos, desiertos y mares. Otros paradigma de desarrollo son posibles y viables pero para ellos se requieren líderes audaces.

¿Será que hay alguna o alguno que le apueste?

Es sencillo: Toda forma de vida es sagrada.

Revisión de sueños

Los sueños deben ser como balones que jalonan e inspiran y no como piedras pesan y frenan. Son semillas para el camino

Se nos olvida que somos mortales y que en cualquier curva del camino nuestra jornada en esta tierra puede llegar a su fin. Como si una comida saludable o una vida armoniosa fueran suficientes para posponer indefinidamente la cita con la parca. Y así, en una jornada que pareciera no tener fin, sin darnos cuenta vamos agregando a nuestra mochila sueños y más sueños que algún día realizaremos.

Algunos son simples ideas, quizá una frase o una imagen en la cabeza, otros vienen de conversaciones inspiradoras, otros más se han ganado más espacio en las agendas y cuentan con textos o cuadros y presupuestos. No importa cual sea su forma, ese banco de sueños que vamos conformando puede terminar siendo un lastre para el camino.

Me he puesto en la tarea de vaciar la mochila de los sueños y revisarles uno a uno. He encontrado unos muy antiguos que resultaron de alguna conversación con alguien. Nunca más volvimos a hablar de ello. Es muy probable que para la otra persona haya sido sólo una conversación inspiradora que ya se desvaneció en el viento. Sin embargo yo le guardé como algo a materializar en algún futuro.

A otros les dediqué más tiempo y me he encontrado con formulaciones más avanzadas y completas. Buenas ideas que quedaron por ahí parqueadas esperando o simplemente almacenadas cual libro en estante, aguardando a que algún lector explorador le vuelva a sacudir.

Hay algunos muy inspiradores pero que ya no resuenan conmigo. El que los soñó en su momento ya no está en este presente. Quizá son buenas ideas para otra persona pero ya no soy el llamado a materializarles.

Con algunos he podido hacer una especie de poda para tomar sólo una parte. Algo así como visitar un basurero de autos para escoger un buen carburador de aquel, la tapicería de este otro, el motor de ese, y así recoger aprendizajes e ideas que hoy puedo aprovechar de mejor manera pero sin cargar con todo lo que le rodeaba.

  • Sueños que ya no resuenan con mi presente.
  • Sueños que hoy son caducos.
  • Sueños que fueron solo palabras al viento.

Todos ellos han ido a parar al cesto de la basura. ya no les quiero en mi mochila.

He dejado sólo aquellos que siguen teniendo vigencia, que resuenan conmigo y a los cuales efectivamente les dedicaré tiempo y energía en el camino que sigue.

Los sueños deben ser como balones que jalonan e inspiran y no como piedras pesan y frenan. Son semillas para el camino.

Suelta la cuchara

Viajar en automóvil por las autopistas alemanas es toda una experiencia. El hecho de que no hay límite de velocidad le lleva a uno a explorar las emociones que se desprenden de pisar a fondo el acelerador sin el miedo a que una cámara, un radar o un policía te vayan a sancionar.

Así, gozando el vértigo de la velocidad uno se acerca a un camión, que por supuesto transita a mucha menor velocidad. Una rápida mirada al retrovisor permite ver que muy atrás, hay un pequeño punto oscuro. Con base en ello, se lanza uno a sobrepasar al camión, dejando que esos 150 Km/H hagan del pesado vehículo un hecho del pasado.

Y así, va uno sobrepasando el largo camión cuando de repente nota uno que atrás hay un flamante auto deportivo que hace cambio de luces con claras señas de desespero. El pequeño punto negro que estaba en el retrovisor unos segundos atrás, es ahora una realidad de 200 caballos de fuerza que transita a 200 Km/H y para el cual uno viene a ser como una tortuga deambulando por la autopista. Como pueda, acabo de sobrepasar al camión y me hago a un lado.

Bueno, pues algo parecido es lo que he vivido en estos días con la comida. En particular con la velocidad a la que como. Antes de mi evento cardíaco ya había empezado a tomar consciencia de la necesidad de comer más despacio, de saborear cada bocado. Me consideraba lento en el comer, lento con respecto a otros, claro está. Bastaba con sentarme junto a alguien de las jóvenes generaciones o de un importante ejecutivo para sentir el vertigo de sus comidas. Yo apenas iba en la sopa y ellos ya estaban pidiendo la cuenta.

Pero ahora que he tenido que aprender a vivir la vida en comer lentamente, he descubierto un placer maravilloso en disfrutar aun más cada comida. Por un lado porque se ha despertado en mi un profundo sentido de gratitud que me lleva a gozar de cada plato como el mejor manjar que haya podido regalarme la vida. Al fin y al cabo estoy vivo, lo puedo saborear, gozar, comer, beber y eso es ya una enorme ganancia.

Y, por el otro, porque parte del cuidado de mi cuerpo pasa por alimentarlo mejor, por hacerlo bien; eso quiere decir, entre otras cosas, que debo ayudar a mi cuerpo comiendo bien y masticando con cuidado cada bocado. Si mi digestión no es la adecuada, en mi sangre habrán elementos que van a parar en mi corazón y por ende lo van a afectar.

Esto se ha traducido en una sencilla práctica: soltar la cuchara.

Sí, soltar la cuchara entre un bocado y el otro. Tomé consciencia de que no bien había acabado de colocar un bocado en mi boca y ya mi atención estaba puesta en volver a cargar la cuchara con el siguiente bocado. Resultado: ni estaba gozándome el bocado que estaba siendo procesado en mi boca, ni estaba poniendo plena atención en el siguiente bocado.

Soltar la cuchara me ha permitido vivir el maravilloso ritual de la comida como un acto más presente, disfrutando cada sabor, las texturas, los olores. Lo que venga en el siguiente bocado… ya veré, es la magia del futuro. Quizá el conductor del camino aquel seguramente se goza más la ruta, disfruta los paisajes. Sabe que va a llegar y no tiene prisa.

En esto de los alimentos es mucho lo que voy aprendiendo, seguiré compartiendo de ello en otras crónicas. Por lo pronto: suelta la cuchara.

Crónicas hospitalarias (2)

Ha sido difícil escribir esta segunda y última crónica hospitalaria. En un primer momento pensé que el infarto era la prueba a superar y que lo que seguía sería básicamente un proceso de recuperación. Pero no, no es tan simple como eso.Cuando escribí la primera parte pensé que la segunda la dedicaría a describir distintos momentos de lo que fue mi periplo en el par de clínicas. En pocos días viví experiencias de muy diverso orden. Unas más intensas, otras propias de la locura insólita de este Macondo impredecible, unas alegres, otras muy conmovedoras. Es decir, bastante y buen material para una crónica variada y entretenida.

Pero con el pasar de los días he comprendido que el infarto sólo fue un primer paso en un proceso mucho más profundo y radical. Algo así debe vivir la oruga que se encierra en el capullo dispuesta a desintegrarse en una crisálida sin forma en la que todo lo que fue ya no es pero al mismo tiempo es el caldo de cultivo para lo que viene. Un futuro prometedor pero desconocido en el que mucho de lo que fue ya no será, otras cosas se transformarán y muchas nuevas vendrán.

Así es que por lo pronto, amigo lector, sólo puedo decir que ha sido una experiencia muy conmovedora y profunda, que me ha llevado a cultivar un enorme sentimiento de gratitud a Dios, a la vida, a todo cuanto me rodea, a vivir un desconocido sentimiento de vulnerabilidad y de humildad y a una entrega total a la tarea de vivir esta metamorfosis con el espíritu más alegre y comprometido.

La jornada continua y en la medida en que tenga más claridades las compartiré por este canal.

Hasta la próxima